16/02/2022
Esa mañana, aprovechando el horario de reunión del Grupo, y a iniciativa de Antonio Rodríguez “el Músico”, visitamos el taller de cuchillos canarios de Dailos Kevin Delgado Herrera, en el teldense barrio de Jinámar. El taller está ubicado en lo alto, muy arriba, de un lomo, y es un espacio techado en medio de varias casas de la familia del artesano, lo que le viene muy bien para realizar una tarea tan ruidosa como mágica. Allí desarrolla los dos oficios que incluye la fabricación del cuchillo canario: la herrería, al forjar la hoja; y la orfebrería, al elaborar el cabo, o mango.
Todo esto, y mucho más, nos lo explicó Dailos demostrando una gran capacidad didáctica, pues no en vano también es profesor de guitarra, timple, y otros instrumentos de cuerda. Precisamente, nos dijo que empezó con lo de la artesanía como una afición complementaria, y a día de hoy se está convirtiendo en su medio de vida principal. Por ejemplo, a la Feria de Artesanía de San Telmo llevó cuarenta cuchillos, y apenas se trajo unos cuantos, que nos enseñó durante la visita.
Eran una verdadera preciosidad. Había alguno más sencillo, pero destacaban los que presentaban un exquisito acabado, con filigranas en metal de motivos vegetales (y que le llevan un buen montón de horas de trabajo y concentración). Por cierto, la mayoría los hace por encargo, por no añadir intermediarios y así no encarecer innecesariamente sus productos. Por otra parte, aprendimos la diferencia entre los llamados “canarios” –que podrían ser denominados “grancanarios” porque son propios de esta isla y a las otras fueron llegando desde aquí, aunque hoy se fabrican también en ellas– y los palmeros, de los que nos enseñó dos, igualmente hechos por él. Una de las diferencias reside en que el cabo de estos tiene una base octogonal, no circular como los de aquí; y la forma de la hoja también es distinta, con la guarda, es decir, la parte más cercana al cabo, haciendo una curva más pronunciada.
Igualmente nos contó que el cuchillo canario tiene un carácter propio, bastante diferenciado de su “primo” el de Albacete, del cual provendría, y que se conservan ejemplares de la segunda mitad del siglo XIX, pero se entiende que la tradición es claramente anterior. Su uso está asociado al del cultivo de la platanera, por lo que no es de extrañar que los cuchilleros se hayan asentado más bien en municipios como Gáldar, Arucas o Telde. Por lo demás, para la gente del campo, siempre ha sido una valiosa y versátil herramienta, que tanto ayudaba con las labores del citado cultivo, como servía para afilar una caña, cortar el queso… y así una infinidad de pequeñas utilidades relacionadas con esas antiguas jornadas campesinas “de sol a sol”. De hecho, según Dailos, cuando emigraba el canario solo llevaba, en su humildad, el “cachorro” y el cuchillo; y el reloj, cuando la suerte o una herencia se lo permitía.
Pero lo que hizo de la actividad algo realmente inolvidable fue que nuestro artesano no se limitó a exponer, de forma clara y amena, algunos de sus conocimientos y a contestar con generosidad las dudas que nos surgían, sino que dedicó más de una hora a mostrarnos cómo, sirviéndose de la fragua y el yunque, forja una hoja, desde que es solo un trozo, una pieza relativamente plana y rectangular de acero hasta que, por arte del fuego y del ma****lo –ese ma****lo que rítmica, musicalmente tañe el herrero– de ella surge una cuchilla, ya casi con su forma y grosor característicos, aunque aún queden varios pasos, de los que nos mencionó especialmente el templado, que él hace al aceite.
Mientras tanto, mientras asistíamos embebidos al proceso –nuestros ojos concentrados en el fuego, nuestros oídos en el poderoso repiqueteo, el soniquete del hierro contra el hierro– Dailos nos seguía explicando y respondiendo: lo de los cuchillos rayados; lo de los diferentes aceros y el efecto del carbono; lo de que prefiere no usar la rocaflex, sino el método tradicional, que, al final, le resulta más cómodo o más eficaz; lo de los materiales que usa en el cabo, sobre todo cuerno y hueso, y cómo los trata; lo que tarda en completar un cuchillo canario (dos días enteros en el caso de los más sencillos); lo del nombre de “naife”, que, aclaró, era la denominación que le daban en el Puerto, como lógico reflejo del contacto con la gente inglesa…
En definitiva, las cerca de dos horas que compartimos con él se nos fueron en un suspiro, y aún quiso, como último regalo, mostrarnos el nuevo taller que estaba acondicionando, agradeciéndonos de paso nuestro interés, e invitándonos a seguirlo por redes sociales, por ejemplo en Facebook: “Cuchillos Canarios Daylos Kevin”. Y nosotros nos despedimos, orgullosos de haber podido conocer a un maestro artesano en una labor tan notable y tan de nuestra tierra.