27/01/2026
📍 Poblado Miguel Alemán, Sonora
La muerte de un bebé recién nacido nos duele profundamente.
No es una noticia más ni un hecho que pueda explicarse de forma simple.
En los últimos días, gran parte de la conversación pública se ha centrado en señalar a una sola persona, especialmente a la madre. Esta narrativa no solo es incompleta: es peligrosa. Reduce una tragedia compleja a una culpa individual y borra las condiciones estructurales que la hicieron posible.
Este caso ocurrió en un contexto donde muchas mujeres y personas gestantes enfrentan violencia, control, estigmatización, miedo a la criminalización y falta de acceso real a servicios de salud sexual y reproductiva. Cuando decidir no es una opción segura, cuando el acompañamiento no existe y cuando el Estado llega tarde —o no llega—, las consecuencias pueden ser devastadoras.
Hablar del derecho a decidir no es justificar lo ocurrido.
Es reconocer que la autonomía corporal, la información clara, el acceso a servicios médicos seguros y el acompañamiento oportuno salvan vidas. Negar estos derechos no evita situaciones límite; solo las empuja a la clandestinidad, al silencio y al riesgo.
También es necesario decirlo con claridad: la vida y el cuidado no pueden recaer únicamente en una mujer. Existen responsabilidades institucionales, sociales y estructurales que los titulares muchas veces omiten. Señalar solo a una persona no previene futuras tragedias.
Explicar el contexto no borra el dolor ni la gravedad del hecho.
Pero sí nos permite hacer una pregunta más honesta y urgente:
¿qué está fallando para que esto siga ocurriendo?
Defender los derechos sexuales y reproductivos y el derecho a decidir no es estar en contra de la vida. Es apostar por la prevención, la dignidad y una sociedad que no abandone a quienes enfrentan situaciones extremas.
📢 Hablemos de esto sin morbo, sin odio y sin simplificaciones.
Desde una mirada feminista y de derechos humanos.