08/05/2026
"No es falta de ganas, es falta de aire".
Se dice que el pequeño empresario se opone al aumento del salario mínimo por "avaricia". Quienes estamos en el día a día sabemos que esa es una verdad a medias que esconde una realidad mucho más compleja.
La verdad de la MiPyme es otra:
Claro que queremos que nuestro equipo gane más. El talento humano es lo que mantiene vivo el negocio y sabemos que un trabajador bien remunerado es un aliado. El problema no es el salario; el problema es quien se queda con la tajada más grande sin trabajar: el Estado.
1. La asfixia invisible
Muchos no ven que para que un trabajador reciba un aumento, el flujo de caja del negocio ya debe estar al límite. El Gobierno no perdona: impuestos, parafiscales y normativas que no distinguen si eres una multinacional o la tienda de la esquina. Nos exigen como grandes, pero nos protegen como a nadie.
2. La crisis del compromiso
A esto se suma un reto del que pocos se atreven a hablar: la falta de talento comprometido.
* Es difícil sostener un aumento cuando te enfrentas a una cultura de "incapacidades de favor".
😓Es agotador luchar contra la impuntualidad o la falta de sentido de pertenencia que afecta la productividad.
Un negocio pequeño no tiene "colchón" para absorber errores o ausencias injustificadas; cada minuto cuenta para que la empresa no muera.
"El buen talento brilla por su ausencia, y el poco que hay, se vuelve impagable por culpa de un sistema tributario que castiga al que genera empleo formal."
En conclusión:
No es una lucha de "patrón contra empleado". Es una lucha de supervivencia de ambos contra un sistema que extrae recursos del que produce, pero no ofrece garantías ni incentivos reales para crecer.
Si queremos mejores salarios, necesitamos un Gobierno que deje de asfixiar el flujo de caja y una cultura laboral donde el esfuerzo sea mutuo. Sin empresa no hay empleo, y sin flujo no hay futuro.