16/06/2024
Cuando un hijo llega a nuestro mundo, los padres no podemos anticipar lo que ocurrirá en nuestro corazón. Por ellos hacemos lo que nunca imaginamos. Nos sacan hasta la última gota de energía y nos hacen reír como nadie. Nos enseñan a renunciar al egoísmo y nos ayudan a descubrir esos dones que no conocíamos. Cuando nos convertimos en padres la vida nunca más vuelve a ser igual; ahora ellos tienen toda nuestra atención y se levantan como un espejo que refleja lo que somos.
Nuestros hijos se inspiran en nosotros y esto nos desafía a ser mejor de lo que hemos sido.
En silencio, ellos nos dicen: “Quien ha visto al hijo, ha visto al padre.” “Estoy aquí para que me formes; soy barro en tus manos, tú me modelas y me muestras el camino a seguir.” “Papá, llevo tu apellido y espero que tu nombre me abra puertas.” “Papá, solo quería recordarte que soy más valioso que tus bienes materiales, porque al final del día, seré yo quien te visite, te abrace y te llene de recuerdos.” “Papá, espero ser tu fuente de felicidad y que cuando me veas brillar, puedas decir: 'Ese es mi hijo amado.'” “Papá, gracias por enseñarme a soñar y creer que puedo hacer la diferencia en este mundo. Gracias por estar cerca cuando más te necesité y por llenarme de afecto y aceptación. Eso me permite ser la persona que soy hoy.”
Dios nos ayude a ver a nuestros hijos como Él los ve: un regalo de incalculable valor, una flecha para ser dirigida al destino correcto, y una herencia de la cual daremos cuenta al final de los días.
“Los hijos son un regalo del Señor; son una recompensa de su parte. Los hijos que le nacen a un hombre joven son como flechas en manos de un guerrero. ¡Qué feliz es el hombre que tiene su aljaba llena de ellos!...”
Salmos 127:3-5 NTV
Por eso y por mucho más, hoy celebro a los hombres valientes que han marcado la generación que hoy se levanta y lleva su apellido.