03/09/2026
Rara vez hay un aviso claro y el problema es que, cuando convives o hablas a diario con alguien, los cambios graduales se camuflan y cuesta verlos. Por eso ayuda saber en qué fijarse. Los geriatras miran, sobre todo, cuatro terrenos.
En la cabeza: que repita la misma pregunta en una tarde, que olvide citas o medicación, que se desoriente en un sitio conocido, que le cueste seguir una conversación. Ojo, no es olvidar un nombre y recuperarlo luego -eso es normal-, sino no retener lo que acaba de pasar.
En el cuerpo y la casa: comida caducada en la nevera de quien todo lo controlaba, la ropa que empieza a bailar sin explicación, facturas sin pagar, la casa más descuidada que de costumbre, marcas de pequeñas caídas o rozaduras que no cuenta.
En el ánimo: que deje de salir, de llamar, de hacer lo que le gustaba; que esté más apagado o irritable. La tristeza en un mayor no es "cosa de la edad", muchas veces es depresión sin diagnosticar.
Y en el día a día: que baje de peso, que descuide el aseo, que ya no cocine o no se maneje con el dinero como antes.
La clave no es una señal suelta. Es el conjunto: varias a la vez, que suponen un cambio respecto a cómo era esa persona y que van a más con los meses. Ahí es cuando conviene no mirar para otro lado y consultar con el médico de familia, que valorará si hace falta dar el siguiente paso. Llegar pronto lo cambia casi todo.
¿Qué señal diste por normal y luego resultó ser algo más?