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21/11/2025

El costalero y su costal: recuerdos de un oficio bajo los pasos. En un tiempo en el que las modas han ido colonizando hasta los rincones más íntimos de la Semana Santa, conviene volver la mirada a los viejos artesanos del paso: los costaleros de antaño. Aprovechando las enseñanzas del maestro y capataz Antonio Santiago, que en una conferencia difundida por la red desgrana con claridad quirúrgica el arte de cargar, recuperamos la esencia de un trabajo que fue sacrificio, precisión y, sobre todo, verdad.
Cuando uno se detiene ante una fotografía antigua, com9.esta de la cuadrilla de los Ratones cuyo capataz fue Rafael Franco Rojas, comprende de inmediato quién se metía bajo los palos eran hombres curtidos. Allí no hay adolescentes musculados ni oficinistas oxigenados por el aire acondicionado. Lo que asoma son semblantes marcados por el sol, brazos nacidos del tajo y miradas de quienes habían conocido la escasez desde niños. Eran areneros, peones del muelle, albañiles, trabajadores del campo… hombres que apenas comían y jamás se permitieron el lujo del descanso. Por eso ninguno aparece excedido de peso, ni con atuendos deportivos. Lucen camisas abrochadas hasta arriba, algún pañuelo al cuello y, sobre todo, la dignidad de quien carga la vida sobre los hombros sin estridencias. En alguno de ellos e podian apreciar incluso una herida en el brazo de un costalero. Era el recuerdo cotidiano de su oficio. Iban tal cual salían de la jornada: sin camisetas de tirantas, sin músculos exhibidos, sin gestos teatrales. Sus costales, además, eran piezas enormes, tejidos muchas veces con telas de cuadrículas sacadas de los manteles caseros. Una Sevilla austera, sin remangados artificiosos ni ganas de aparentar.
Decían que lareneros del río eran maestros del equilibrio. Basta observar a los areneros del Guadalquivir para comprender de dónde heredó Sevilla su manera de cargar. Con una lazada de tela ajustada a la cabeza transportaban 35 o 40 kilos de arena mojada, que subían desde las barcas por un tablón estrechísimo. Para que aquello no se desplomara debían moverse únicamente de cintura para abajo, exactamente igual que un costalero fino.
Los gimnasios no existían, pero aquella gente enseñaba el serrato, el dorsal y toda la enciclopedia muscular sin haber pisado una sala de pesas en su vida. Fueron ellos, los trabajadores del agua y del polvo, quienes enseñaron a esta ciudad cómo se rinde culto al costalero.
El verdadero costal. El corazón de todo este oficio es el costal, herramienta indispensable para repartir el esfuerzo. Para que la cuadrilla cargue por igual, el peso debe apoyarse en un lugar preciso: la séptima vértebra cervical, la llamada vértebra prominente, punto natural donde se asienta “el palo”. Si el costal va bien hecho, la morcilla se acopla a la forma que el carpintero ha dado a la trabajadera, convirtiéndose en una plataforma única con el madero. Y el costalero, derecho y mirando al frente, trabaja con las piernas, no con los hombros. Es la primera bisagra del cuerpo y la que sostiene la marcha. Pero cuando el costal está mal confeccionado, aparece la tragedia silenciosa. Una morcilla en pendiente convierte cada levantá en una pelea inútil contra la gravedad. La trabajadera se escurre, y el costalero, obligado a recolocar el paño varias veces, termina “matándose el cuello”, como decían los viejos capataces. Ese gesto repetido acaba destruyendo la igualá. Aunque el costalero esté alineado en el listado, luego trabaja más bajo que los compañeros y soporta una carga que no le corresponde.
El cuerpo se defiende cuando uno insiste en cargar donde no debe, el organismo responde sin pedir permiso. Surge el morrillo, esa especie de cayo graso que aparece como defensa ante el maltrato continuado. Por eso hay costaleros con décadas de experiencia que nunca han desarrollado ese bulto: trabajan con un costal bien hecho y mantienen la técnica correcta. Quien baja la cabeza para convertir la pendiente en un plano horizontal añade otro problema: fuerza la columna, multiplica el riesgo de lesión y pierde la referencia visual. Debajo del paso hay que ir viendo, jamás ciego, porque la vista es también parte de la seguridad.
Las modas del costalero moderno, si las comparamos con los costales antiguos, los actuales muestran a veces un desfile de ocurrencias: tamaños mínimos, morcillas diminutas, tejidos exóticos, dobleces imposibles… pequeñas modernidades que olvidan que el costal no es un adorno, sino un instrumento de precisión. Y lo más absurdo es ver a quienes mojan la morcilla para que agarre. Agua que no sirve de nada: si el costal está torcido, no hay Guadalquivir entero que lo mantenga firme.

21/11/2025

El Chato, su cigarro de ideales y el Benemérito. Hay escenas que, más que una estampa, parecen un retazo de memoria colectiva. En una esquina perdida de la Sevilla de los años duros, El Chato —costalero bragado de la cuadrilla de los Ratones— se toma un respiro y enciende un cigarro ideales, de esos que olían a obrero, a jornal apretado y a madrugadas sin reloj. El humo sube despacio, como si también él cargara con un paso sobre los hombros, mientras la brasa dibuja un rescoldo rojizo en la penumbra del callejón. A unos metros, un Benemérito guardia civil lo observa con un anhelo que no disimula. No hay reproche ni severidad en su mirada; sólo la nostalgia del que reconoce un aroma querido, un vicio antiguo o quizá el recuerdo de un descanso semejante en mitad de alguna ronda. Hay miradas que cuentan más que un parte oficial. Porque el ideales no era únicamente un ci******lo: era una pequeña liturgia doméstica, un respiro en mitad del trajín. Mi abuelo también los consumía, con esa parsimonia ritual del hombre que se hacía a sí mismo cada día. Bastaba verlo palpar la cajetilla, golpearla suavemente contra la palma, encender la cerilla con un gesto lento… y ya la casa cambiaba de ritmo. Olía a hogar, a conversación pausada, a tiempo que transcurría sin prisa. Quizá por eso la imagen de El Chato fumando, vigilado por el guardia embelesado, tiene algo de postal íntima. Resume un mundo que se nos fue: la Sevilla de cuadrillas recias, de plazas donde todos se conocían, de ci******los que podían ser bendición o condena, pero que siempre acompañaban al trabajador que buscaba un momento de tregua. Y así, en el fulgor tenue de aquellos ideales, no sólo estaba El Chato descansando: estaba también mi abuelo, y tantos otros que encontraron en ese humo sencillo la compañía de cada jornada. Una Sevilla evaporada que, sin embargo, todavía sabemos reconocer en cuanto el recuerdo enciende un cerillo y huele a caldo gallina.

10/11/2025

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