15/01/2023
Aquellos diciembres...
Recuerdo que eran tipo 3 de la mañana del 31 de diciembre y nos levantabamos con una alegría inexplicable a ayudarle a nuestra madre a encender el fogón, ese era el primer paso, una vez que la hornilla estaba en su mayor apogeo sacabamos un tizón y comenzábamos a tirar los primeros cohetes de ese día, como anunciando a toda la aldea que ya era fin de año, a todo esto nuestra madre alistaba un viejo molino de mano, para que comenzaramos a moler el maíz y luego a repasarlo, hasta que la masa quedaba lista para ser preparada por nuestra progenitora, que con una especialidad única y envidiable la dejaba lista para ser puesta al fuego.
Luego a algunos se nos asignaba la tarea de mover la masa con una paleta grande de madera, mientras otros se íban a cortar las hojas de huerta para envolver los tamales, se trabajaba todo el día, para en la noche "catrinearnos" con el estreno que a puras cachas nuestros viejos nos compraban, ropa que casi siempre terminaba quemada o en el mejor de los casos olorosa y llena de pólvora.
Era prohibido dormirse antes de las 12, porque había que tirar todos los cohetes que con todos los ahorros del año habíamos comprado.
Ya al día siguiente, nos levantabamos tempranito a buscar los cohetillos que no habían reventado la noche anterior, pero en eso a lo lejos, se escuchaba el grito de nuestra madre que nos gritaba "cipotes dejen eso y venga a comer tamales" y salíamos a veloz carrera a disfrutar aquella delicia que con tanto amor nuestra viejita había preparado.
Que afortunados fuimos los que vivimos esas épocas que jamás volverán.
Por Alberto Laínez.