Ctu Centro de Terapia Psicológica Única

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“Del Útero al Universo: Reescribiendo tu Historia”Tal vez no tuviste la infancia que necesitabas.Tal vez creciste entre ...
03/06/2026

“Del Útero al Universo: Reescribiendo tu Historia”

Tal vez no tuviste la infancia que necesitabas.
Tal vez creciste entre silencios, ausencias, culpa o exigencias imposibles.
Tal vez llevas años intentando entender por qué te cuesta tanto sentir paz.

Pero hay algo importante que necesitas escuchar:
✨ Tu historia no termina donde empezó tu herida. ✨

Vivimos una época marcada por ansiedad, desconexión emocional y crisis de identidad. Muchas personas están cansadas… pero no saben exactamente de qué. Y a veces el cansancio viene de cargar historias familiares que nunca fueron nuestras.

En este episodio final de la serie especial de Día de las Madres, hablaremos de:

🌀 Cómo dejar de repetir patrones familiares
🌀 Actos simbólicos de sanación emocional
🌀 El poder psicológico de cerrar ciclos
🌀 Y cómo convertirte en el punto de cambio de tu árbol familiar

Porque sanar no significa borrar el pasado…
significa dejar de vivir atrapado en él.
🎧 Un episodio profundamente emocional, esperanzador y transformador.
📻 Tema: “Del Útero al Universo: Reescribiendo tu Historia”
Conduce: Koko Lemus Abreu

Jueves 1:00 pm

03/06/2026

El patito que buscaba ser feo
Por Koko Lemus Abreu
Licenciado en Psicología, Maestro en Ciencias Pedagógicas y Doctor en Educación

Cuando el huevo más grande del nido finalmente se rompió, mamá pata pensó exactamente lo mismo que cualquier madre agotada pensaría después de incubar durante semanas: “Por favor, que venga completo”. Pero apenas apareció aquella pequeña cabeza despeinada, todos los demás patitos se quedaron mirándolo en silencio. Era extraño. No porque fuera feo, sino porque parecía con ganas de no existir. Mientras sus hermanos salían del cascarón dando brinquitos torpes y felices, él observaba alrededor como si hubiera llegado por error.

—Qué curioso pato… —murmuró una de las tías. Y esa fue la primera tragedia de su vida. Porque hay comentarios familiares que duran menos de tres segundos… pero se convierten en una personalidad completa.

Desde entonces, el pequeño pato comenzó a mirarse distinto. Caminaba detrás de los demás convencido de que había algo incorrecto en él. Si sus hermanos graznaban fuerte, él graznaba bajito. Si ellos corrían felices hacia el lago, él avanzaba lento, como si cargar con una melancolía elegante lo hiciera más interesante. Muy pronto desarrolló esa mirada profundamente dramática de quien parece estar recordando vidas pasadas.

La familia, por supuesto, hizo lo que hacen muchas familias: adaptarse al personaje. La madre comenzó a sobreprotegerlo. “Es más sensible”, decía. El padre apenas lo miraba de reojo antes de volver a sus asuntos importantes de pato adulto, como, discutir sobre semillas. Los hermanos dejaron de invitarlo a jugar porque cualquier actividad terminaba convirtiéndose en un monólogo existencial sobre lo difícil que era ser él.

El pequeño pato descubrió algo maravilloso: mientras más desentonaba, más atención recibía.
Así que empezó a perfeccionarlo.

Se despeinaba las plumas antes de salir. Practicaba miradas tristes frente al agua. Si el día estaba soleado, decía que el brillo le daba ansiedad. Si llovía, afirmaba que la lluvia “representaba demasiado bien su vida interior”. A las tres semanas ya caminaba con una tristeza tan refinada que algunos cisnes lo consideraban un artista incomprendido.
Pero nadie notó lo más importante. El problema no era que el patito fuera feo. El problema era que todos en aquella familia parecían sentirse un poco defectuosos… y él simplemente estaba aprendiendo a pertenecer.

Porque en aquel estanque había reglas invisibles. Los patos demasiado felices despertaban sospechas. Los que hacían algo diferente eran criticados en voz baja. Y cualquiera que brillara demasiado era rápidamente comparado con algún pariente que “acabó muy mal”.

Así que el patito entendió pronto algo que nadie le dijo directamente: para seguir siendo parte de la familia había que mantenerse suficientemente roto. Él se volvió extraordinario en eso.

Cuando aprendió a nadar mejor que sus hermanos, fingió torpeza. Cuando una pata joven quiso acercarse a él porque le parecía inteligente y divertido, él la ignoró y se enamoró obsesivamente de otra que lo trataba como desperdicio de pan mojado. Cuando descubría algo que le hacía ilusión, lo arruinaba solo para no sentirse distinto de los demás.

Cada vez que alguien intentaba decirle que quizá no era tan horrible como creía, él respondía con una frase cuidadosamente ensayada —Ustedes no entienden lo difícil que es ser yo.

Con los años, el patito se convirtió en una especie de leyenda local. Las aves del lago lo señalaban discretamente. “Ahí va el pobre patito feo”, decían. Él caminaba lento, solemne, profundamente orgulloso de su desgracia.

Hasta que un invierno ocurrió algo inesperado. El lago comenzó a congelarse y una bandada de cisnes descendió cerca del estanque. Eran enormes, tranquilos y ridículamente elegantes. El patito intentó evitarlos porque intuía que la gente atractiva emocionalmente estable siempre termina arruinando ciertas narrativas personales.

Pero uno de los cisnes se le acercó.
—¿Por qué caminas así? —preguntó.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras cargando una tragedia antigua.

El patito se ofendió muchísimo.
—Porque soy feo —respondió con dignidad.

El cisne lo observó varios segundos.
—No eres feo… sólo, eres un pato.

Aquella frase le cayó peor que una piedra. Porque una cosa es descubrir que eres diferente… y otra muy distinta descubrir que llevas toda la vida actuando un personaje.

Durante días no pudo dormir. Comenzó a mirarse en el agua. Revisó sus alas. Su pico. Sus patas. Todo estaba perfectamente normal. Era un pato común y corriente. Ni especialmente feo, ni especialmente raro.

Entonces entendió la verdad. Se había esforzado tanto por encajar en el dolor familiar, que terminó confundiendo sufrimiento con identidad. Recordó todas las veces que ocultó lo que quería para no desentonar. Todas las veces que disminuyó su brillo para no verse demasiado distinto. Todas las veces que eligió sentirse menos con tal de seguir perteneciendo.

Fue así que por primera vez sintió algo peor que tristeza. Vergüenza.

Vergüenza de descubrir que quizá nunca había sido rechazado tanto como él mismo se rechazaba para conservar un lugar dentro del estanque.

Esa noche volvió con su familia. La madre lo abrazó emocionada. Los hermanos comenzaron a hablar al mismo tiempo. El padre fingió no conmoverse mientras acomodaba innecesariamente unas piedras.

Entonces el patito respiró profundo y dijo algo que dejó helado al lago entero.
—Creo que ya no quiero seguir siendo el feo.

Nadie habló. Una tía dejó caer un pez. Un primo comenzó a ponerse nervioso porque intuía que el puesto vacante de “decepción familiar” podría recaer sobre él.
—¿Y entonces quién vas a ser? —preguntó la madre en voz baja.

El patito miró el agua tranquila, y después de algún tiempo respondió sin tristeza, sin drama y sin necesidad de dar lástima.
—Supongo que solo un pato.

Aquello resultó insoportablemente revolucionario. Porque en algunas familias hay personas dispuestas a perdonarte todo… excepto que seas feliz sin necesitar permiso.

Sanar es amar.

Ayuda a la persona a reconocer y transformar aquellas conductas mediante las cuales busca obtener aceptación, afecto o p...
02/06/2026

Ayuda a la persona a reconocer y transformar aquellas conductas mediante las cuales busca obtener aceptación, afecto o pertenencia a costa de su autenticidad. El ejercicio promueve una forma más sana de vincularse con los demás, fortaleciendo la capacidad de establecer límites, expresar necesidades de manera directa y mantener la propia identidad sin temor al rechazo.

Si esta actividad te recordó situaciones en tu vida diaria, puedes escuchar el episodio completo en Spotify- Ondas Alfa: la frecuencia de tu ser. o a través del siguiente link: https://open.spotify.com/show/5IMQEWYphDZRDgYb6qN552?si=bf42d0236b344cc6

Este ejercicio va a ayudar a madres y padres a identificar las expectativas, deseos o necesidades personales que han dep...
01/06/2026

Este ejercicio va a ayudar a madres y padres a identificar las expectativas, deseos o necesidades personales que han depositado en sus hijos, para diferenciarlas de las necesidades reales de éstos. A través de este ejercicio se promueve una relación más respetuosa y consciente, basada en la aceptación de la individualidad del hijo, favoreciendo su autonomía, su desarrollo emocional y un vínculo familiar más sano, libre de presiones relacionadas con la reparación de historias personales o familiares.

Si esta actividad te recordó situaciones en tu vida diaria, puedes escuchar el episodio completo en Spotify- Ondas Alfa: la frecuencia de tu ser. o a través del siguiente link: https://open.spotify.com/show/5IMQEWYphDZRDgYb6qN552?si=bf42d0236b344cc6

📖✨ Cada vida es un libro lleno de capítulos inolvidables, aprendizajes y recuerdos que merecen ser preservados.Con el pa...
01/06/2026

📖✨ Cada vida es un libro lleno de capítulos inolvidables, aprendizajes y recuerdos que merecen ser preservados.
Con el paso de los años, las historias cobran un valor incalculable. Por eso, hemos creado un espacio único diseñado especialmente para los adultos mayores: Terapia de Historia de Vida. 🤍
A través de sesiones terapéuticas personalizadas, acompañamos a nuestros seres queridos a recordar, reflexionar y dar un significado profundo a su camino, sanando el pasado y celebrando sus logros.
¿Cuáles son los beneficios de este proceso?
🧠 Salud cognitiva y emocional: Estimula la memoria y ejercita la mente.
💖 Identidad y autoestima: Refuerza el valor de su propia historia y quiénes son.
🏡 Un lazo familiar: Abre un espacio de escucha y reconocimiento.
🎁 Al finalizar las sesiones, se entrega un Libro de Historia de Vida. ¡Un regalo invaluable para ellos y para las futuras generaciones!
💰 Costo por sesión: $500 pesos.
📲 ¿Te gustaría agendar una cita o pedir más información? Envíanos un mensaje directo o escríbenos por WhatsApp dando clic aquí o al número: 2224709527.
¡Dale a tus abuelos o padres el espacio que se merecen para contar su historia! 📝🌳

29/05/2026

El camino invisible

Por: Koko Lemus Abreu
Licenciado en Psicología, Maestro en Ciencias Pedagógicas y Doctor en Educación

A Daniel le gustaba desayunar en silencio. No porque fuera espiritual ni porque estuviera intentando “conectar consigo mismo”, como recomendaban todos esos gurús de Instagram que desayunan avena viendo el amanecer mientras facturan millones. No. A Daniel le gustaba desayunar en silencio porque era el único momento del día en el que nadie le pedía nada.

Ni correos.
Ni juntas urgentes.
Ni favores “rápidos”.
Ni “oye, ya que tú le sabes…”.

Pero esa mañana el silencio le duró exactamente dos sorbos de café. Miró a Claudia y no pudo contener las palabras que el café no había arrastrado de su garganta desde hacía días.

—Te juro que ya me tienen harto —dijo mientras untaba mantequilla en un pan tostado con una violencia innecesaria—. Ayer me quedé dos horas más ayudando a Mariana con una presentación que ni siquiera era de mi área. ¿Y sabes qué pasó cuando le pedí apoyo con unos reportes? Me dijo que estaba “saturadísima”.

Claudia levantó apenas la mirada de su celular. Conocía lo suficiente a Daniel para saber que no quería soluciones. Quería audiencia. Que, pensándolo bien, era exactamente el tipo de cosa que criticaba de los demás.

—Ajá… —respondió ella.

—No, espérate, eso no es lo peor. El viernes ayudé a Rodrigo con una junta porque “nadie explica como yo”. Puedes creer que ayer que le pedí un favor mínimo, MINIMO, me dejó en visto. En visto, Claudia. A mí. Que prácticamente les resuelvo la vida en esa oficina.

Claudia soltó una risa breve. No cruel. Pero sí sospechosamente divertida.

—¿Qué? —preguntó Daniel mirándola justo por encima de su pan tostado con ojos abiertos como plato.

—Nada… es que a veces hablas como tu mamá y tu hermana.

Daniel dejó el pan sobre el plato.

—¿Perdón?

—Sí. Igualito. “Todo mundo me pide ayuda”, “nadie me apoya”, “ya estoy cansada”, “no tengo tiempo ni para sentarme”… pero ahí va otra vez a resolverle la vida a alguien.

Daniel hizo una mueca incómoda.

—No es lo mismo.

—¿No? Tu mamá le hace las facturas a tu tío porque “él no entiende esas cosas”. Tu hermana termina organizando las fiestas familiares aunque nadie le ayude porque “si no, nadie las hace bien”. Tú le resuelves el trabajo a media oficina porque “nadie más sabe hacerlo”. Y luego todos se quejan exactamente igual.

Daniel se recargó en la silla.

—Bueno… sí, pero esas cosas son diferentes, son cosas de familia.

—Exacto —dijo Claudia mientras por fin dejaba el celular sobre la mesa—. Ese es el punto.

A Daniel no le gustó cómo sonó eso. Porque Claudia tenía una habilidad irritante para decir cosas que parecían simples pero se quedaban flotando en el ambiente como humo de cigarro en cortinas viejas.

—¿Qué se supone que significa?

—Que en tu familia ayudar no es solo ayudar. Es una manera de existir.

Daniel soltó una risa seca.

—Ya vas a empezar con tus teorías psicológicas.

—No es psicología. Es observación básica. En tu casa el cariño funciona raro. La gente recibe atención cuando resuelve cosas. Cuando está disponible. Cuando se hace indispensable. Nadie dice “te quiero”, pero todos dicen “déjamelo a mí”. Ustedes crecieron creyendo que si dejan de ser útiles… dejan de importar. Bueno así me lo parece a mí, para que no andes diciendo que hago teorías psicológicas. Torció la boca en esa media sonrisa de “ya ves”.

Daniel quiso responder algo inteligente, pero terminó tomando café como si el café pudiera defenderlo.

Afuera, la ciudad seguía haciendo su rutina habitual de cláxones, motocicletas y gente que claramente no había dormido bien. Adentro, en el departamento, comenzó a sentirse esa clase de silencio incómodo donde uno sospecha que quizá la conversación ya dejó de tratarse de “los compañeros del trabajo”.

—No manches… —murmuró Daniel—. O sea, ¿me estás diciendo que estoy condenado genéticamente a resolverle la vida a inútiles?

Claudia soltó una carcajada.

—No seas dramático. Te estoy diciendo que aprendiste cuál era el camino para recibir reconocimiento. Hay familias donde la gente llama la atención siendo exitosa. Otras siendo problemáticas. Otras… que se yo ¡enfermándose! En la tuya, al parecer, hay que estar disponible 24/7 como soporte técnico emocional y administrativo.

Daniel se quedó callado unos segundos.

Y entonces recordó algo ridículo. Cuando tenía nueve años, su mamá había organizado prácticamente sola la fiesta de cumpleaños de una prima. Decoraciones, comida, pastel, recuerdos. Todo. Terminó agotada y de malas, encerrándose media hora en el baño porque “nadie le ayudaba”. Pero cuando la familia empezó a felicitarla diciendo que sin ella las reuniones nunca salían bien, Daniel vio algo extraño en su cara. Cansancio, sí. Molestia también. Pero había algo más. Algo parecido al orgullo. Como si el agotamiento fuera el precio de sentirse importante.

—Qué horror… —dijo casi riéndose.

—¿Qué?

—Creo que tienes razón.

—Claro que tengo razón. Para eso estudié tantos años y me endeudé con la universidad.

Daniel negó con la cabeza.

—No, en serio… nunca lo había pensado. Siempre me quejo de que la gente me usa, pero cuando alguien no me necesita… también me siento raro.

Claudia lo miró levantando una ceja.

—Ajá.

—O sea… cuando alguien resuelve las cosas sin mí, hasta siento feo.

—Porque no es solo ayuda, Dani. Es identidad.

Daniel se quedó mirando el café como si esperara encontrar respuestas flotando en la espuma.

Quizá por eso dolía tanto. Porque de pronto entendía que no caminaba por decisión propia. Había una especie de camino invisible debajo de todo aquello. Un sendero emocional construido mucho antes de que él llegara. Un caminito raro donde la gente aprendía a ganarse el cariño siendo necesaria, resolviendo problemas, ocupando lugares que nadie pidió pero que todos terminaban agradeciendo.

Un camino donde agotarse daba reconocimiento. Donde ayudar daba valor. Donde ser imprescindible evitaba sentirse reemplazable.

Lo peor no era eso. Lo peor era descubrir que, en el fondo, parte de él disfrutaba que lo necesitaran.

—Bueno… —dijo Claudia levantándose por más café—. La buena noticia es que darte cuenta ya cambia bastante las cosas.

—¿Ah sí?

—Sí. Porque ya no puedes hacerte el sorprendido cada vez que terminas en el mismo lugar; enojado porque no puedes decirle no a tus compañeros por medio a no sentirte apreciado.

Daniel soltó una risa breve.

—Qué bonito. O sea que ahora además de explotado voy a ser consciente.

—Exactamente.

Ella volvió a sentarse frente a él y mordió un pedazo de pan tostado.

—Aunque pensándolo bien… —dijo con media sonrisa— quizá lo que ahora me resulta incómodo es aprender que la gente puede quererte incluso cuando no le estás resolviendo la vida.

Daniel la miró en silencio. Como quien escucha un idioma nuevo. O tal vez uno muy viejo que apenas empieza a entender.

Sanar es amar.

27/05/2026

Camila, la cambiapieles

Por Koko Lemus Abreu

Licenciado en Psicología, Maestro en ciencias pedagógicas y Doctor en educación

En Santa Jacinta las mujeres envejecían rápido. No era una metáfora ni una exageración de pueblo pequeño; era algo que cualquiera podía notar si se sentaba un rato frente a la panadería de los Vidal y observaba salir a las madres cargando bolsas, hijos, deudas y silencios como quien transporta costales húmedos. A los treinta ya caminaban como si les doliera el clima. A los cuarenta hablaban igual que sus madres. A los cincuenta tenían la misma mirada resignada de sus abuelas, una mezcla extraña entre cansancio y costumbre. Pero lo de Camila era distinto. Lo de Camila hizo que la gente dejara de hablar del precio del maíz para comenzar a murmurar sobre brujería.
Porque Camila no envejecía. O al menos no como debía.
A sus cuarenta y dos años seguía teniendo el cuerpo firme, el cabello oscuro y esa piel tersa que obligaba a las otras mujeres a preguntarle, entre envidia y desesperación, qué crema usaba. Ella siempre respondía lo mismo: “Agua fría y no meterse donde no la llaman”. Pero nadie le creía. Había algo raro en ella. Algo que no terminaba de encajar. Porque aunque su cuerpo parecía joven, a veces hablaba como una anciana.
No era solo la manera de vestir. Eran detalles pequeños: gestos, expresiones, formas de mirar y un para qué les cuento. Camila acomodaba los platos exactamente igual que Matilda, su abuela materna mu**ta hacía más de treinta años. Fruncía la boca igual que ella cuando algo le molestaba. Se tocaba el cuello antes de dar una mala noticia. Y tenía la misma costumbre inquietante de quedarse mirando la ventana cuando llovía, como si esperara a alguien que nunca iba a volver.
Al principio la gente decía que eran coincidencias. “Se parece a la abuela”, comentaban en el mercado. Pero después comenzaron las historias. Porque un día Camila soltó una frase que nadie menor de setenta años había escuchado jamás: “Los hombres solo sirven mientras necesitan algo”. Exactamente las mismas palabras que Matilda repetía cada vez que se emborrachaba después de que su marido desapareciera con otra mujer en 1958.
Y ahí empezaron los rumores.
La primera en llamarla “la cambia piel” fue doña Celia, la dueña de la estética. Lo dijo bajito, mientras le pintaba el cabello a una clienta. “No es que Camila se parezca a Matilda… es que Matilda se la está poniendo”. En menos de dos semanas todo el pueblo hablaba de eso. Decían que las mujeres de esa familia no morían del todo. Que se iban metiendo poco a poco dentro de las hijas y las nietas, como quien se cambia de vestido. La piel cambiaba. La historia no.
Y la verdad es que algo de razón tenían. Porque Camila no solo repetía frases. También repetía destinos.
A los diecinueve años se enamoró de un hombre mayor, igual que Matilda. A los veinticuatro dejó de estudiar para mantener una relación que terminó traicionándola. A los treinta y dos descubrió que su esposo tenía otra familia en Puebla, exactamente a la misma edad en que Matilda descubrió las infidelidades del suyo. Incluso la forma de llorar era idéntica: encerrada en el baño, en silencio, mordiéndose las manos para no hacer ruido.
Lo más extraño era que Camila conocía perfectamente la historia de su abuela y aun así parecía caminar directo hacia ella. Como si alguien le hubiera dejado instrucciones invisibles bajo la piel.
Las viejas del pueblo comenzaron a observar también a las hijas de Camila. La mayor, Renata, ya empezaba a cruzarse de brazos como Matilda cuando se molestaba. La menor, Elisa, tenía la costumbre de disculparse por todo, incluso cuando no había hecho nada. “Ahí viene otra”, susurraban algunas mujeres al verlas pasar.
Camila fingía no escuchar. Pero sí escuchaba.
Por las noches comenzó a tener sueños extraños. Soñaba a Matilda sentada al pie de la cama cepillándose el cabello larguísimo, que llevaba cuando era joven. Nunca hablaba. Solo la miraba con decepción, como si esperara que Camila hiciera algo que todavía no entendía. Una madrugada despertó sudando cuando escuchó claramente la voz de la anciana decirle al oído: “No las dejes descansar”.
Después de eso empezaron los cambios.
Camila dejó de usar ropa colorida porque “una mujer decente no necesita llamar la atención”, exactamente igual que Matilda después de ser abandonada. Comenzó a revisar compulsivamente el teléfono de su pareja. Volvió a cocinar recetas viejas que ni siquiera le gustaban. Y lo más inquietante: empezó a hablarles a sus hijas como si fueran ella misma.
“No te ilusiones tanto”. “Una mujer sola no vale nada”. “Los hombres siempre se van”.
“Primero aprende a aguantar”. Frases pequeñas. Frases normales. Frases que en Santa Jacinta pasaban de generación en generación igual que las arrugas o las vajillas antiguas.
Una tarde Renata llegó llorando porque quería irse a estudiar fuera del estado. Camila la miró durante varios segundos sin decir nada. Y por un instante, solo por un instante, su rostro cambió. No físicamente. Algo más raro. Algo más profundo. Como si debajo de su cara apareciera otra mujer mirando desde atrás.
Matilda.
Renata retrocedió del susto. “Mamá…”, murmuró.
Pero Camila no parecía escucharla. Tenía la mirada perdida en algún lugar lejano, atrapada en una memoria que no era completamente suya. Entonces dijo algo que heló a la muchacha:
“Las mujeres de esta familia no nacimos para irnos”.
Esa noche Renata tomó una decisión. Entró al viejo cuarto donde guardaban las cosas de la abuela y encontró una caja llena de fotografías, cartas y recortes. Ahí estaba Matilda a los veinte años: hermosa, seria y cansada antes de tiempo. Ahí estaban las cartas donde rogaba amor a un hombre que nunca volvió. Ahí estaban las fotografías de Camila usando exactamente el mismo vestido décadas después. Y ahí entendió todo.
No era una maldición. Era una herencia.
Las mujeres de esa familia aprendían desde niñas a amar igual, sufrir igual y quedarse igual. Nadie les enseñaba otra cosa. El miedo se convertía en consejo. El dolor se volvía educación. Y finalmente, la tristeza terminaba pareciendo tradición.
A la mañana siguiente Renata se cortó el cabello frente al espejo del baño. Muy corto. Como nunca lo había usado ninguna mujer de la familia. Después guardó ropa en una mochila y salió de casa antes del amanecer.
Cuando pasó frente a la panadería de los Vidal, algunas personas juraron ver a Camila parada detrás de la ventana observándola. Quietísima. Con una mezcla extraña de rabia y alivio.
Como si una parte de ella quisiera detenerla.
Y otra, la más antigua, la que venía desde Matilda, supiera por fin que alguien había decidido no cambiarse la piel.

Sanar es amar.

El objetivo de este ejercicio es favorecer que la persona identifique y cuestione dinámicas familiares en las que ha asu...
26/05/2026

El objetivo de este ejercicio es favorecer que la persona identifique y cuestione dinámicas familiares en las que ha asumido responsabilidades emocionales o jerárquicas que no le corresponden, promoviendo una reorganización interna de su lugar dentro del sistema familiar. El ejercicio busca fortalecer límites emocionales saludables, disminuir la sobrecarga afectiva asociada al rol de salvador, mediador o sostén emocional, y facilitar una relación más diferenciada con los conflictos y responsabilidades de los padres.

Si esta actividad te recordó situaciones en tu vida diaria, puedes escuchar el episodio completo en Spotify- Ondas Alfa: la frecuencia de tu ser. o a través del siguiente link: https://open.spotify.com/show/5IMQEWYphDZRDgYb6qN552?si=bf42d0236b344cc6

26/05/2026

Hijos con horario de oficina: cuando la infancia se volvió un proyecto de rendimiento

Por Koko Lemus Abreu
Licenciado en Psicología, Maestro en Ciencias Pedagógicas y Doctor en Educación

La escena se repite con una precisión casi industrial: mochilas que pesan más de lo que deberían, salidas de la escuela que no terminan en descanso sino en otra agenda —clases, tareas, actividades extracurriculares—, pantallas que entran como premio o como escape, y adultos que, con la mejor intención, organizan la vida de sus hijos e hijas como si se tratara de un proyecto que debe optimizarse. Todo parece correcto. Todo parece responsable. Todo parece necesario. Sin embargo, hay algo que no termina de encajar: ¿estamos pidiéndole a la infancia que funcione como una oficina?

No se trata de cuestionar el valor de la educación, ni de privilegiar la improvisación. Se trata de reconocer que hemos deslizado, casi sin darnos cuenta, una lógica de rendimiento sobre una etapa que está diseñada para otra cosa: crecer. Entendamos que crecer no es producir resultados visibles de manera constante. Crecer es construir capacidades que, por definición, no son inmediatas. Es aprender a modular la atención cuando todavía se dispersa, a tolerar la frustración cuando aún desborda, a organizarse cuando el cerebro apenas está aprendiendo a hacerlo. Es, en suma, un proceso que no responde bien a la prisa.

La cultura contemporánea, sin embargo, sí responde a la prisa. Vivimos en un entorno que premia la rapidez, la eficiencia, la comparación. Las métricas están en todas partes: calificaciones, avances, niveles, rankings, logros. Por desgracia, esa lógica se filtra en la crianza con una facilidad inquietante. Queremos que los niños “aprovechen el tiempo”, que “no se queden atrás”, que “desarrollen su potencial”. Frases que, en apariencia, suenan nobles, pero que en la práctica pueden convertirse en una exigencia constante de rendimiento que no siempre está alineada con el desarrollo real del niño.

Aquí conviene detenerse en una distinción que cambia el enfoque por completo: rendimiento no es lo mismo que madurez. Un niño puede memorizar contenidos, seguir instrucciones en un contexto estructurado, incluso destacar académicamente, y al mismo tiempo tener serias dificultades para regular su enojo, para esperar, para tolerar un error o para organizar una tarea sin supervisión. Esto no es una contradicción, es una característica del desarrollo. El cerebro infantil no evoluciona en bloque. Las áreas vinculadas al aprendizaje académico pueden avanzar con mayor rapidez que aquellas relacionadas con la regulación emocional y las funciones ejecutivas. Pedirle coherencia total a un sistema que aún se está organizando es, cuando menos, desproporcionado.

El problema no es solo la exigencia, sino la interpretación que hacemos de la respuesta de nuestros niños. Cuando no cumplen con lo esperado, tendemos a atribuirlo a falta de interés, de disciplina o de carácter. “Puede hacerlo, pero no quiere”, decimos. Y con esa frase cerramos la puerta a una comprensión más fina: muchas veces no puede hacerlo de manera consistente, no todavía. La corteza prefrontal, esa parte del cerebro que permite planificar, inhibir impulsos y sostener la atención, sigue en construcción durante toda la niñez y buena parte de la adolescencia. Exigirle estabilidad a un sistema que aún no la tiene no lo fortalece; lo sobrecarga.

A esta ecuación se suma un factor que redefine el escenario: la tecnología. No como villana, sino como presencia constante. Los niños de hoy no solo transitan entre casa y escuela; habitan un ecosistema digital que ofrece estímulos rápidos, recompensas inmediatas y modelos de conducta que no siempre pasan por el filtro adulto. En ese mundo, la comparación se amplifica, la atención se fragmenta y la expectativa de gratificación instantánea se normaliza. Pretender que un niño salga de ese entorno y se siente a resolver tareas largas, silenciosas y diferidas sin dificultad es ignorar el contexto en el que está inmerso.

No se trata de prohibir ni de idealizar un pasado sin pantallas. Se trata de reconocer que el entorno ha cambiado y que, por lo tanto, la forma de acompañar también debe cambiar. La pregunta ya no es solo qué tanto aprende el niño, sino cómo está aprendiendo a aprender. ¿Puede mantener la atención sin estímulos constantes? ¿Puede tolerar el error sin derrumbarse? ¿Puede organizar una tarea en pasos? ¿Puede esperar? Estas preguntas no aparecen en los boletines, pero son las que sostienen cualquier aprendizaje real.

En este punto, el papel del adulto se vuelve decisivo. No como supervisor de resultados, sino como arquitecto de procesos. Educar en este contexto implica más que vigilar tareas o llenar agendas. Implica diseñar experiencias que permitan al niño construir habilidades de manera gradual. Dividir las tareas en pasos, anticipar dificultades, acompañar el inicio, validar el esfuerzo más que el acierto, introducir pausas, sostener límites sin perder la conexión. Son acciones simples, pero requieren algo que escasea en la cultura del rendimiento: tiempo y presencia.

También implica revisar la coherencia del entorno que ofrecemos. No podemos pedir atención sostenida si el adulto está permanentemente interrumpido por el móvil. No podemos hablar de regulación emocional si la respuesta adulta ante el error es la irritación o la prisa. El niño no solo escucha lo que se le dice, observa cómo se vive. Y en un mundo donde la tecnología compite por su atención, la consistencia del adulto se convierte en un ancla imprescindible.

Hay, además, un aspecto que suele quedar fuera de la conversación: el derecho al error. En la lógica del rendimiento, el error es un obstáculo que hay que evitar. En la lógica del desarrollo, es una herramienta que hay que utilizar. El cerebro aprende ajustando, probando, equivocándose. Cuando convertimos cada equivocación en un problema, reducimos la disposición del niño a intentar de nuevo. Cuando la integramos como parte del proceso, fortalecemos su capacidad de persistir. La diferencia no es menor: de un lado, cumplimiento; del otro, aprendizaje.

Esto no significa renunciar a la exigencia. Significa hacerla pertinente. Exigir lo que el niño puede entregar hoy, mientras se le enseña lo que podrá ejecutar mañana. Significa entender que la responsabilidad no se impone, se entrena; que la atención no se ordena, se construye; que la regulación no se exige, se modela. Y que todo esto ocurre en un proceso que no puede comprimirse sin costo.

Quizá la pregunta que deberíamos hacernos no es si nuestros hijos están rindiendo lo suficiente, sino si el entorno en el que crecen les permite desarrollar lo que realmente importa. Si la agenda que llenamos responde a sus necesidades o a nuestras ansiedades. Si estamos formando niños capaces de cumplir, o personas capaces de sostenerse a sí mismas en un mundo complejo.

La propuesta no es retirarse del mundo ni reducir la infancia a un ideal bucólico. Es construir un equilibrio consciente. Un ritmo que combine estructura y descanso, exigencia y acompañamiento, tecnología y experiencia directa. Un uso de dispositivos que no sustituya el vínculo, sino que lo complemente. En la práctica, esto se traduce en decisiones concretas: limitar la multitarea digital en momentos de estudio, priorizar bloques cortos de trabajo con pausas, acompañar las primeras fases de una tarea antes de retirarse, reservar espacios libres de pantallas donde el juego y la conversación recuperen su lugar.

Más que una lista de reglas, se trata de una orientación: pasar de gestionar resultados a cultivar procesos. Menos obsesión por lo que el niño ya logra y más atención a cómo lo logra. Menos prisa por avanzar y más intención en consolidar. Porque, al final, lo que sostendrá a ese niño en el futuro no será la cantidad de actividades que cumplió, sino la calidad de las habilidades que construyó.

Tal vez la infancia no necesita menos oportunidades, sino mejores condiciones para aprovecharlas. Y eso, en un mundo que corre, exige adultos dispuestos a detenerse lo suficiente para mirar de cerca. Porque educar, hoy más que nunca, no es llenar agendas. Es construir cerebros que puedan habitar el mundo sin perderse en él.

Sanar es amar.

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