11/07/2026
Vivimos tiempos fascinantes. Hemos logrado democratizar la información a niveles nunca antes vistos, tenemos al alcance de un clic la biblioteca más grande de la historia de la humanidad, el conocimiento científico más avanzado y las artes de todas las épocas.
¿Y qué decidimos hacer con este poder absoluto? Pues, al parecer, usarlo para elevar al pedestal de "ícono" a quien mejor sepa exponer su vacío existencial frente a una cámara.
Hoy, la sociedad atraviesa una crisis de valores que se mide en likes. Preferimos aplaudir la estridencia, el desorden y la vacuidad, mientras el verdadero talento, el esfuerzo académico y la investigación que realmente empuja el progreso humano, se quedan en el rincón de lo "aburrido".
Es curioso, por no decir trágico, ver cómo premiamos la "vida corriente" y la majadería como si fueran méritos dignos de una distinción. Veracruz hoy es testigo de esto al otorgar reconocimiento a figuras cuya mayor aportación a la cultura no es el arte, ni la ciencia, ni el pensamiento crítico, sino simplemente... existir frente a una pantalla, documentando una vida sin trascendencia ni sustancia.
Y lo más preocupante no es que existan, sino que hemos construido una generación que las observa y exclama: "¡Quiero ser como ella!". Hemos cambiado los modelos de conducta por modelos de consumo, y la ética personal por la estética del escándalo.
Mientras tanto, en algún laboratorio, en una biblioteca o en un aula, alguien está trabajando en algo que, genuinamente, podría salvar vidas o cambiar el rumbo de nuestra especie. Pero claro, eso no genera suficientes vistas ni tiene el "glamour" necesario para ser relevante en el mundo digital.
Quizás es momento de preguntarnos: ¿Estamos evolucionando, o simplemente nos hemos vuelto expertos en aplaudir nuestra propia decadencia?
La próxima vez que premies a alguien con tu atención, piensa si esa persona aporta algo a tu intelecto o si solo está ayudando a que el mundo sea un lugar un poco más hueco.